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miércoles, 5 de septiembre de 2012

Roberto Laserna se preocupó desde siempre de lo pernicioso del "rentismo" le dedicó una obra y de cuando en vez nos recuerda todavía cómo estamos despilfarrando (farreando) tan valioso recurso sin retorno


La fiesta del rentismo está degenerando en una farra descontrolada, involucrando a grupos cada vez más grandes de la población en una dinámica de despilfarro de recursos que es inaceptable en un país con tantas necesidades como el nuestro. En Cochabamba piden un tren suspendido por encima del río Rocha, en Potosí hacen huelga demandando ser contratados en la planta de Karachipampa que no funciona desde 1979, se construyen aeropuertos internacionales sin contemplar estudios de tráfico aéreo y en La Paz inauguran las obras de un hangar presidencial. Los ejemplos se multiplican.
Éste no es un problema de gestión ni responsabilidad del Gobierno. Todos hemos caído en “la trampa del rentismo”.
Hace siete años se publicó la primera versión del libro que lleva ese título, donde advertíamos el riesgo de desperdiciar la bonanza económica que llegaba por las tuberías de exportación de gas. Los precios aún no se habían disparado pero era previsible, por el rápido crecimiento de la demanda mundial de gas natural y la magnitud de nuestras reservas, que disfrutaríamos de un periodo de solvencia económica sin precedentes.
La “trampa” estaba armada y nos encaminábamos hacia ella sin que lo advirtiera ninguno de los candidatos que pugnaba entonces por subir al Gobierno. No creo que otros resultados electorales el 2005 hubieran cambiado el rumbo.
Las inversiones en exploración se detuvieron con el cambio en la ley de hidrocarburos y las nacionalizaciones, y aunque perdimos mercados de exportación y la confianza de nuestros compradores, los precios aumentaron de tal manera que compensaron esas pérdidas y el país superó todos los records de exportaciones. Con el aumento de exportaciones, sobre todo hidrocarburos y minerales, crecieron también las importaciones y por ellas se van, tan rápido como llegan, la mayor parte de las divisas que obtenemos. Esas importaciones no reemplazan la riqueza exportada, pues en gran medida son bienes de consumo o intermedios que aportan poco a la capacidad productiva del país: diesel, gasolina, materiales de construcción, etc.
Con el abundante flujo de divisas bajó también el precio del dólar, las importaciones son más baratas y perdieron competitividad las exportaciones no tradicionales.
Hasta aquí la fiesta. No todos la disfrutan por igual pero podría decirse que es casi inevitable. La madre tierra, en su generosidad, nos dotó de abundantes recursos naturales y exportarlos nos permite consumir barato lo que otros producen. Pero ninguna fiesta es permanente. Lo más grave es que nos enfrasquemos en una competencia desenfrenada para capturar las rentas que se encuentran bajo control de los Gobiernos, y que éstos sufran la presión de “ejecutar” presupuestos que están más allá de su capacidad de gasto.
En efecto. Con el aumento de exportaciones se han multiplicado los ingresos fiscales (regalías, impuestos y aranceles de importación). El déficit fiscal ha sido reemplazado por continuos superávits, y cada año crecen los presupuestos del Gobierno central, de las gobernaciones y de las alcaldías, alentando la ansiedad de la gente por acceder a una parte de esos dineros.
Más aún cuando la lucha política concentra la atención de público en la “ejecución presupuestaria”, tildando como ineficiente al que no gasta lo que tiene, olvidando que así se logra, por lo menos, un ahorro.
Con presiones de ese tipo aumenta la tentación a embarcarse en proyectos enormes, seleccionados menos por su utilidad que por el deslumbre que causarán una vez instalados. En esa lógica se ofreció un tren bala para vincular La Paz y Oruro, y se contrató con la China, de manera expedita, un satélite para las telecomunicaciones. Hace poco se lanzó el proyecto de teleféricos para transporte urbano entre La Paz y El Alto y, ahora, se propone un tren suspendido para Cochabamba donde afortunadamente se olvidó ya la idea de un restaurante subacuático en la laguna de Coña-Coña.
Por supuesto que todos estos proyectos son estupendos y tenerlos nos llenará de orgullo, si llegan a construirse y funcionar. Y por supuesto que son materialmente realizables y, como dice una nota de prensa, la inversión requerida está dentro de las posibilidades actuales. Son 350 millones por acá, 245 por allá y 260 por el otro lado. Hay plata, ¡gastémosla!, parece ser la consigna de la época. Y así se van disipando 7.500 millones de dólares, que es lo que suman las rentas recibidas desde el 2006.
El problema es el de las prioridades que estamos asumiendo y la manera en que estamos tomando decisiones. ¿Ya se resolvieron los problemas de la pobreza extrema, la falta de acceso a la salud, la carencia de empleos dignos, la falta de agua y la escasa cobertura de los servicios públicos? Si no es así, ¿ya perdieron importancia? ¿O cómo las inversiones propuestas resolverán esos problemas? Usted sabe las respuestas.
Por otro lado, están los temas de procedimiento. ¿Se han seleccionado las mejores opciones? ¿En cuánto tiempo se recuperarán las inversiones? ¿Cuál es su rentabilidad económica y su utilidad social? ¿Cuál es el balance entre costos y beneficios?
Del teleférico ya se dijo que sería más caro que otros similares, y que podría generar gastos adicionales para compensar las pérdidas de los transportistas que, por supuesto, ya consiguieron esa promesa. Del satélite se informó hace poco que generaría 20 millones anuales si se usara a plena capacidad y si no tuviera mayores gastos que el pago del crédito. ¿Y si no? Del tren me viene a la memoria Lima, ciudad de 8 millones de habitantes, que tardó 30 años en poner en marcha su tren eléctrico, aún sin rentabilidad.
Claro que todas estas obras pueden hacerse y hasta es posible que resulten hermosas. La cuestión, sin embargo, es otra. ¿Está garantizado su aporte al desarrollo, es decir, a la reducción  de la pobreza y la expansión de nuestras capacidades como país? Mientras eso no se demuestre, habrá que considerarlos como gastos que despilfarran la oportunidad de usar esta bonanza para impulsar un desarrollo incluyente y equitativo. O como expresiones de una farra que hoy nos tiene bailando pero que nos dejará con dolores de cabeza y de bolsillo.
El autor es economista
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