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sábado, 16 de abril de 2011

físico como es el autor Franceso Zaratti muestra el sunami boliviano figurando la explosión de los reactores de Fukushima con los sucesos bolivianos que están lejos de apagarse, como aquellos en Japón


ACEl gasolinazo del 26 de diciembre último fue un tsunami político para Evo Morales. Aunque las aguas del gasolinazo recularon, algo se quebró en el núcleo central del gobierno del MAS. Desde entonces sus responsables  han contraído  el “síndrome de Fukushima”, enfermedad que se caracteriza por la cadena de desastres que acompañan la tarea de reparar los daños provocados por el tsunami.
La primera falla fue la explosión del reactor No. 1, el de los precios de canasta familiar;  un estallido apenas atenuado por la humareda de la contaminación inflacionaria  medida por el INE. El azúcar  se fue a las nubes, obligando a operaciones desesperadas como traerlo en avión desde Colombia y venderlo a granel (a “manel”, en realidad) en plazas y parques, mientras heroicos kamikazes de Emapa intentaban apagar el fuego de la furia popular.
A su vez el tan cuestionado reactor dos, llamado “del narco”, tuvo una implosión sin precedentes  a causa de la captura de un bien ubicado narco- general, para vergüenza de su institución y de sus cínicos padrinos. La emergencia obligó a pedir la cooperación de expertos del imperio, por mediación del sub-imperio limítrofe, preocupado por la contaminación que cruzaba impunemente sus fronteras.
Como si no bastara, aparece un video-soborno del reactor No. 3, el del “viejo terrorismo”; un escándalo que estaría siendo atenuado no por mérito de la tecnología, sino por chicaneras argucias legales.
Controlado bien o mal el reactor uno y enfriados momentáneamente el dos y el tres,  entró en emergencia el reactor No. 4, el cual, calentando corazones, logró desplazar los problemas anteriores. De ese modo, con urgencia y dispensación de trámite, se llegó a aprobar una estrategia (Pacto de Bogotá y las islas “olvidadas”) que resulta, al final del día, perfectamente inútil para los fines buscados, mientras se sigue bombeando agua del Silala hacia el mar. Eventualmente, se tuvo que acudir a los conocimientos especializados de anteriores presi-dentes a los cuales, horas antes, se los quería escarmentar como presi-diarios.
De todos modos, ese reactor atrajo la atención de la prensa por un corto tiempo, hasta que entró en crisis el reactor social, el cual dejó escapar la presión violenta y radical de los trabajadores al mando de una COB resucitada. A punta de dinamitazos, ese reactor se quebró y sigue contaminando el aire y las calles de la sede de Gobierno, recreando los “cercos” que inspiraron a un analista político una obra de teatro.
Como los males nunca llegan solos, el reactor seis, cuyos números habían sido celosamente ocultados durante los últimos cinco años por el máximo engendro energético del país, se reactivó manifestando la verdadera magnitud de las reservas energéticas del país y la triste realidad de pasar de ser segundos a penúltimos en el ranking gasífero regional. Este último incendio está lejos de ser apagado y sus efectos fatales, opinan los expertos, se manifestarán dentro de 10 años, si no se encuentra una cura a la merma de reservas y se sigue rechazando la alianza con empresas que tal vez tienen esa respuesta y los medios para ponerla en práctica.
En fin, en las actuales circunstancias, sólo cabe esperar que no se produzca un nuevo tsunami.

El autor es físico
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